| Mentiras infantiles: aprendices de Pinocho |
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| Escrito por Agustín García-Oliva Montoro |
| Jueves, 15 de Enero de 2009 13:10 |
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Pueden mentir por miedo a que los castiguen, para proteger a un amigo, porque se avergüenzan de algo… Básicamente, los niños mienten por las mismas razones que los adultos. Aunque no hay que ser condescendiente con ninguna de sus variedades, no todas las mentiras tienen la misma gravedad. Su frecuencia y el fin que persiguen es lo que marca la diferencia. A Pinocho, uno de los más famosos personajes de la literatura infantil, le crecía la nariz cuando mentía. Incluso se ha hablado de “efecto Pinocho” para designar una ligera reacción fisiológica en el tejido nasal tras mentir. El picor y la hinchazón de la nariz, apenas perceptibles, se asocian al nerviosismo que produce la incómoda situación. Así pues, tal vez quede justificado el argumento esgrimido por muchos padres y madres a sus hijos de que, si no dejan de mentir, les crecerá la nariz. Al margen de este razonamiento, poco convincente para niños incrédulos, la psicología se apresta a conocer las causas y tipos de mentiras infantiles, así como las vías familiares impulsoras de sinceridad. ¿Mentirosos precoces? La mentira en los niños, en cuanto expresión contraria a lo que se sabe, cree o piensa, puede orientarse a metas diversas: evitar una sanción, alejar la vergüenza derivada de una situación desagradable, llamar la atención, presumir, obtener un beneficio, mantener la intimidad, sentirse fuerte, dañar a alguien, proteger a otras personas, etc. En general, los motivos que conducen a los niños a mentir son los mismos que encontramos en los adultos. Cuando los niños mienten de manera habitual, no es extraño que, si se escarba un poco, se descubran frustraciones, conflictos, situaciones nocivas, etc. ¿Exagerados o frustrados? Aunque ha quedado admitido que pueden aparecer con anterioridad, es a partir de los seis o siete años cuando se presentan con más frecuencia las mentiras propiamente dichas. Con ellas se pretende sobre todo obtener algún beneficio o evitar algún perjuicio. Hay un amplio catálogo de mentiras, cuyas modalidades a menudo se entrecruzan. Es el caso de las mentiras de compensación y las mentiras de exageración. Las primeras pueden basarse en una limitación subjetiva o real y tienen por objeto aproximar al niño a lo que le gustaría ser o “yo ideal”. Las segundas llevan al encarecimiento de algo, que naturalmente puede ser algún aspecto adscrito a la propia realidad infantil: los resultados escolares, una marca deportiva, una conducta, etc. El alumno que, sin ser cierto, alardea de las excelentes calificaciones obtenidas, además de exagerar, probablemente compense su frustración escolar. Razones para la alarma… No todas las mentiras tienen la misma entidad. Aunque, en general, no hay que mostrarse complacidos con ninguna mentira, las que reclaman especial atención son las mentiras frecuentes y las graves. Las mentiras constantes, ya obedezcan a una “propensión”, ya a un ambiente inapropiado, si no se erradican, tienden a configurar un hábito negativo. Por su parte, las mentiras “gordas” destinadas a conseguir favores o a evitar obligaciones, sin que se repare en el daño generado a uno mismo o a los demás, pueden situarnos ante un patrón de conducta antisocial. El dato compartido por ambos tipos de mentiras, mucho más grave cuando se fusionan, es el de una personalidad que se adentra por un terreno escabroso del que resulta difícil salir. La instalación en la mentira es indicador de desarrollo anómalo que estrecha el horizonte personal y ensombrece las relaciones. La mendacidad rebaja la calidad del trato interhumano y priva al que engaña y al engañado de interacción profunda. … y casos más preocupantes El fracaso comunicativo y la regularidad de las mentiras nos llevan hasta las denominadas “patológicas”, que, según los casos, reflejan conflictos, carencias afectivas, trastornos psicológicos, etc. La modalidad más grave es la “pseudología fantástica”, un tipo de invenciones enmarañadas con las que se pretende conquistar el aprecio de los demás. El niño o púber se convierte en un actor que mediante la interpretación de sus relatos, enriquecidos con gestos y detalles, reemplaza una realidad que le disgusta por otra que le resulta seductora y le reporta estimación. En la medida en que el autor de estos “engaños” se los crea, dejan de ser verdaderas mentiras. Compromiso de la familia Por su parte, la “mentira defensiva” es sobre todo una reacción ante alguna situación aflictiva o amenazante. A veces el sufrimiento o el miedo empujan al niño hacia la mentira. Un ejemplo es el del alumno que no ha hecho los deberes escolares y ante el temor a ser castigado por un maestro rígido finge estar enfermo para ausentarse de clase. Hay que evitar que este tipo de mentiras se conviertan en “recursos protectores” habituales del niño. Una personalidad endeble e insegura puede hallar en estas reacciones una salida fácil ante las dificultades. El valor de la sinceridad En la prevención o solución de la mendacidad hay que prestar atención a numerosos aspectos, pero muchos se condensan, según queda dicho, en el cuidado del ambiente. El clima familiar constituye la realidad envolvente primordial en la que el niño se desarrolla y que condiciona su modo de ser y su discurrir vital. La construcción de un ambiente de autenticidad, impulsado inicialmente por los padres, ofrece a los hijos sólidas referencias para la regulación positiva de su comportamiento y sus relaciones. Procede recordar que la verdad permite organizar y desplegar un saludable plan de vida familiar y personal. La sinceridad es un valor para la convivencia que requiere el esfuerzo y el compromiso de todos los miembros de la familia. Hasta en los momentos de mayor desánimo ha de prevalecer la idea de que la mentira oscurece y la verdad alumbra. Valentín Martínez-Otero. |
| Última actualización el Jueves, 15 de Enero de 2009 14:03 |



